miércoles, 17 de agosto de 2022

Sobre Walkmans y Diomedez Días

 Cuando tenía como diez años –para ser sincero, no me acuerdo ni qué edad tenía– mi papá me regaló un Walkman. No era un Walkman de esos clásicos, en los que se ponían cassettes, sino una versión degenerada que se quería parecerse más a un iPod. Seguro debe estar por ahí, entre los cajones que yo nunca abro excepto para guardar las cosas que jamás volveré a ver. 

Este aparato pequeño y rectangular, "dispositivo del diablo" como le decía mi abuela, se transformó en mi compañero fiel en mis primeros años de adolescencia. Lo solté, debo admitir, cuando descubrí los smartphones, empezando por el BlackBerry. Pero fueron unos años divertidos escuchando música desde mi pequeño Walkman.



Al principio, ni supe. Mi hermana mayor me pasó toda su música de Ares al Walkman. Se trataba de una lista crossover que creo que jamás terminé de escuchar. Me quedé en las primeras pistas, como deseando que nunca se acabaran. Shiny Happy People de REM era la primera de esas canciones. No me acuerdo de mucho, pero me acuerdo de eso.

En las siguientes pistas había canciones de Alejandro Sanz o de Outkast, alguna que otra oldie interpretada por Diana Ross o Stevie Wonder. Este fue tal vez mi primer acercamiento al rock, y vino de mi hermana, que no escucha hoy mucho de eso, sino que le gustan Natalia Lafourcade y otros.

Por otro lado, mi hermano mayor, veinte años mayor, es bien corroncho. Le gustan los vallenatos que nadie más escucha. En un principio a mí me parecía grotesco, pero con el tiempo he llegado a tenerle aprecio a la ventana marroncita y a los sones del acordeón. 

Cada que nos íbamos de paseo existía esta regla tácita en la que ninguno podía tocarle el radio a mi hermano. Casi siempre era Diomedez quien cantaba en los largos recorridos por la carretera. Solo en ocasiones especiales, mi hermano colocaba canciones del Binomio de Oro o de Otto Serge. Pura y ñata música colombiana, no joda.


Mis hermanos fueron claras influencias en mis gustos musicales. Gracias a ellos aprendí a apreciar las baladas en inglés, esas que ellos no escuchaban, que eran las que más me gustaban a mí. Se convirtieron en mi espacio personal, cuando iba solo en el carro con mi mamá ponía la X o uno de esos discos que se compran en las gasolineras: 100 baladas americanas, a dos por cinco mil pesos.

De mi madre me quedan las rancheras de Rocío Durcal y Ana Gabriel, esas le encantaban. Principalmente cualquier otra canción de antaño, de las que llaman "música de plancha". Su inmensa colección de CD's de la Fania siguen empolvándose en nuestra biblioteca.

De mi padre me queda su obsesión por Abba. Sus gustos por el country, el disco. Se la pasa escuchando todavía Melodía Stereo en una pequeña radio que heredó de mi abuelo. 


Entonces, ¿será que la música sí se hereda? Probablemente. Yo no creo que sea todo herencia. Yo aprendí a perrear fuera de mi contexto familiar, a disfrutar el rock pesado y el house. Mi hermana odiaba Nirvana, yo amo Nirvana. Escucho Diomedez Díaz, pero me aburre después de un rato. Amo a Rocío Durcal, pero prefiero a Rafaella Carrá. Y Abba sí me quedó de legado, creo que me gusta más que a mi papá. Pero mis playlist son solo un 25% herencia, el resto fue descubrimiento propio. Es más no creo que ninguno de mis familiares tenga playlists en Spotify. 

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